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Universidad de Cuenca se levanta: estudiantes bloquean a la vicepresidenta y denuncian “militarización” del campus

La visita de la vicepresidenta María José Pinto a la Universidad de Cuenca terminó convertida en un símbolo de la creciente tensión entre el Gobierno y la academia. Lo que debía ser un evento educativo internacional se transformó, este 29 de abril de 2026, en una escena de rechazo, protestas y denuncias de autoritarismo.

Estudiantes y docentes impidieron el ingreso de la segunda mandataria al Aula Magna, en medio de una movilización que no solo cuestionó su presencia, sino el despliegue de aproximadamente 50 militares armados y decenas de policías dentro del campus. Para la comunidad universitaria, el problema ya no era solo político: era constitucional.

La reacción fue inmediata. La Federación de Estudiantes Universitarios del Ecuador (FEUE) denunció una presunta violación a la autonomía universitaria, principio consagrado en la Constitución y considerado una línea roja histórica para las universidades públicas. La presencia de fuerzas armadas dentro del campus fue interpretada como un acto de intimidación más que de seguridad.

“No necesitamos fusiles en las aulas”, fue el mensaje implícito de una protesta que evidenció el malestar acumulado frente al gobierno de Daniel Noboa. Los manifestantes no solo rechazaron la visita de Pinto, sino que la vincularon con una gestión cuestionada por la crisis en salud, empleo y seguridad.

Pero el punto más crítico no fue únicamente la protesta, sino la forma. Según denuncias estudiantiles, la presencia militar habría sido autorizada por el rectorado, lo que abre un debate incómodo: ¿puede una universidad permitir el ingreso de fuerzas armadas sin comprometer su autonomía? ¿Seguridad o sometimiento?

El episodio escaló cuando se reportaron presuntos actos de violencia para dispersar a los manifestantes, incluyendo el desalojo forzado de un docente. Estas acciones alimentaron la narrativa de que el uso de la fuerza pública no fue proporcional, sino un intento de imponer una agenda política en un espacio académico.

Mientras tanto, la desconexión institucional fue evidente. La comunidad denunció que la visita se notificó apenas minutos antes, lo que refuerza la percepción de improvisación y falta de transparencia por parte de las autoridades universitarias.

En paralelo, la universidad realizaba un evento de rendición de cuentas en otro campus, sin pronunciamiento inmediato sobre la crisis en el principal. El silencio institucional terminó siendo tan cuestionado como la propia militarización.

Más allá del incidente puntual, lo ocurrido en Cuenca refleja un conflicto de fondo: el choque entre un Estado que refuerza su presencia en nombre de la seguridad y una comunidad académica que defiende su autonomía como pilar democrático.

Hoy, la Universidad de Cuenca no solo es escenario de una protesta, sino de una advertencia: cuando los militares entran a la universidad, el debate deja de ser académico y se vuelve político.

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