El inminente aumento de los pasajes en Ecuador no es un fenómeno espontáneo ni una decisión aislada de alcaldes. Tiene un origen directo: la eliminación del subsidio al diésel impulsada por el gobierno de Daniel Noboa.
A partir de mayo, el sistema de transporte público enfrentará un nuevo punto de quiebre. La finalización de las compensaciones económicas —creadas como un parche temporal— deja al descubierto una decisión estructural del Ejecutivo que elevó los costos operativos y ahora busca deslindar responsabilidades.
Una crisis con firma del Ejecutivo
El retiro del subsidio al diésel en septiembre de 2025 marcó el inicio de esta cadena de efectos. La medida, alineada con compromisos de ajuste fiscal y presiones de organismos como el Fondo Monetario Internacional, encareció de forma inmediata el funcionamiento del transporte público en todo el país.
Para evitar una reacción social inmediata, el Gobierno implementó compensaciones mediante el Decreto 352. Sin embargo, estas ayudas nacieron con fecha de caducidad: siete meses.
Es decir, el propio Ejecutivo diseñó una solución temporal para un problema permanente.
El fin del “parche”
El 29 de abril de 2026, el ministro Roberto Luque confirmó que las compensaciones terminarán el 15 de mayo para el transporte intra e interprovincial, mientras que en el transporte urbano ya se eliminaron.
Con el diésel bordeando los USD 2,96 por galón, el golpe es directo: operar bajo las tarifas actuales se vuelve insostenible.
La estrategia: trasladar la responsabilidad
Pese a que la crisis nace en una decisión del Gobierno central, el discurso oficial apunta a otro responsable: los municipios.
Luque aseguró que el ajuste de tarifas depende de los gobiernos autónomos descentralizados, lo que en la práctica significa trasladar el costo político a 221 alcaldías.
El esquema es claro:
El Ejecutivo elimina el subsidio
Aumenta el costo del combustible
Retira las compensaciones
Y deja que los municipios asuman el desgaste social
Transportistas en alerta
Los gremios del transporte advierten que el escenario es crítico. Sin subsidios ni compensaciones, sostener el servicio sin una revisión tarifaria es inviable.
El resultado es predecible: presión para subir pasajes o riesgo de paralización.
Una factura que termina en el ciudadano
Aunque el Gobierno intenta distanciarse del impacto, la cadena de decisiones muestra otra realidad: la crisis fue generada desde Carondelet.
El posible aumento del pasaje no responde a una decisión local aislada, sino a una política nacional que ahora traslada sus efectos a transportistas, alcaldes y, finalmente, a los usuarios.
En otras palabras, el costo del ajuste ya tiene destino: el bolsillo de los ciudadanos.

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