INTERMEDIA RADIO

OPINIÓN. LA POSESIÓN DE LAS TIERRAS ANCESTRALES UN DERECHO CONSUETUDINARIO Y HUMANO

Dr. Carlos Ernesto Herrera Acosta PhD

Docente Universitario – investigador

En la historia casi todo es relativo; no existe un conocimiento absoluto ni universal. Inclusive, hay aspectos que, hasta el momento, el ser humano no ha podido comprobar de manera fehaciente. El origen de la humanidad y el origen del universo son dos cuestiones que la mente humana no ha logrado resolver plenamente, existen diversas teorías, pero ninguna puede considerarse verdad absoluta ni ciencia acabada.

Se ha sostenido que en el continente americano no existieron seres humanos originarios de este territorio, y que todos habrían venido de otras partes del mundo, especialmente de África. No obstante, no puede aseverarse con certeza que tales teorías sean verdaderas, pues también puede sostenerse que en América sí existieron pueblos y culturas originarias, con desarrollo propio y autónomo.

Lo que la historia, la biología, la paleoantropología, la arqueología y otras ciencias coinciden en señalar es que América fue poblada aproximadamente entre hace 30.000 y 15.000 años. Es decir, nuestros ancestros se asentaron hace miles de años y se han caracterizado por mantener una relación de vida y espiritualidad entre la Pachamama y el ser humano. Han sido auténticos protectores de la madre tierra, han cuidado el agua, el páramo, las montañas, la flora y la fauna. Por contraste, los grupos humanos ajenos o distanciados de la cosmovisión indígena han impulsado, a través de sus actividades, procesos de aniquilamiento de la Pachamama y de los ecosistemas; están matando a la madre tierra y hoy enfrentamos fenómenos naturales que, en cierta medida, parecen constituir mecanismos de defensa de la Pachamama frente a la acción destructiva del ser humano.

Desde la cosmovisión de los pueblos del Abya Yala, la Pachamama, la Madre Tierra, la Naturaleza es vida, porque la vida humana no existe separada de los ciclos ecológicos. Por ello, el ordenamiento jurídico ecuatoriano y los instrumentos internacionales de derechos humanos reconocen la relación esencial entre ambiente sano, dignidad humana y supervivencia. Esta relación dual hombre–naturaleza se expresa a través del principio de reciprocidad, la Pachamama da vida mediante la tierra, el agua y el aire, y los pueblos indígenas la protegen, la veneran y la restauran.

Desde la cosmovisión occidental, y particularmente desde una mentalidad vinculada al capitalismo depredador, la Madre Tierra y la Naturaleza se conciben como mero objeto de explotación y apropiación. Ese paradigma se refleja en lo que han hecho las empresas transnacionales y las compañías nacionales mediante el denominado extractivismo, prácticas que devienen en crímenes contra la humanidad y la naturaleza, al provocar devastación socioambiental y cultural gravísima.

Quienes defendemos a la Pachamama, a la Madre Tierra, somos con frecuencia etiquetados como comunistas, revolucionarios, guerrilleros o incluso como parte de grupos de delincuencia organizada; somos perseguidos por el Estado, por los gobiernos, por las transnacionales y por las empresas petroleras, mineras y madereras, que buscan sobornarnos o aniquilarnos. Muchos indígenas han claudicado los valores y principios de sus ancestros, han traicionado a sus pueblos, han vendido su dignidad y han sustituido la espiritualidad por lo material. Otros, en cambio, siguen siendo perseguidos y asesinados. Lo antropocéntrico está imponiéndose sobre lo ecocéntrico, a pesar de que la Constitución de la República, los instrumentos internacionales de derechos humanos y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (Agenda 2030) garantizan el goce efectivo de los derechos de la Naturaleza y el derecho a vivir en un ambiente sano y ecológicamente equilibrado.

No podemos permitir que los Estados, los gobiernos, las transnacionales y las empresas extractivistas nos dejen una tierra árida, una tierra convertida en basura (Mayor Chakry, 2026, pueblo Emberá-Chamí, Colombia). No podemos seguir tolerando que el consumismo y nuestros actos voluntarios e involuntarios continúen destruyendo a la Pachamama. Si esto no se frena, la Madre Tierra se cansará y exterminará a la humanidad, para dar vida a una nueva generación y recomponer el equilibrio de la vida. Es tiempo de enseñar a nuestros hijos que sin la Pachamama no somos nada ni nadie; es tiempo de sembrar más árboles, de asumir responsabilidad por nuestras acciones, de cuidar nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestras prácticas cotidianas. Nuestras acciones son las que demuestran quiénes somos, hacia dónde vamos y para qué estamos aquí (Ibídem).

Se debe enseñar a los seres humanos a respetar la naturaleza, a las personas, a los ríos, a los bosques, a la tierra; no podemos permitir que se nos impongan leyes, costumbres y tradiciones ajenas a nuestros ancestros y culturas. Queremos vivir en armonía y en paz, no en guerra. Para alcanzar este legado, es necesario colocar la humanidad de la tierra por encima de la guerra y del antropocentrismo (Clementina Pérez, 2022, pueblo indígena Ngäbe, Panamá). En términos de derecho constitucional y consuetudinario, esto se traduce en un principio de supremacía de la vida y del equilibrio ecológico frente a los intereses de dominación, violencia y explotación ilimitada.

Bajo estos fundamentos, queda claro que la Naturaleza, para nuestros ancestros, nunca fue un objeto, la Naturaleza ha sido y será una fuente de vida para todas las especies. En ella, los seres humanos, las aves y los animales toman agua, encuentran alimento y hallan su hábitat para poder sobrevivir. Por tanto, contaminar la Pachamama con las actividades humanas es un acto profundamente inhumano, que puede calificarse como crimen de lesa humanidad y como violación grave a los derechos de la naturaleza y de las generaciones presentes y futuras.

En este contexto, la Amazonía nunca fue pobre; siempre ha sido y será una riqueza natural, cultural y estratégica excepcional para la vida. Sin embargo, su valoración ha variado de acuerdo con la visión económica dominante de los imperios y de los poderes hegemónicos. Hoy, las actividades extractivistas legales e ilegales están empobreciendo y destruyendo nuestra selva. Muchos organismos nacionales e internacionales consideran que su salvación reside en normas escritas, pero siguen concibiendo la respuesta al cambio climático únicamente en convenciones y tratados. No, mil veces no, las consecuencias del cambio climático se combaten, sobre todo, mediante los conocimientos y saberes ancestrales de nuestros pueblos originarios, que cuidan y protegen a la Madre Tierra y que reivindican una relación de reciprocidad con la Naturaleza.

Para muestra un botón, conforme a la Constitución de la República del Ecuador, a los pactos, convenios, declaraciones y demás instrumentos internacionales de derechos humanos, las tierras ancestrales son inalienables, indivisibles, irreductibles e intangibles. En este sentido, nadie, absolutamente nadie, puede apropiarse de sus tierras, menos aún de manera autoritaria y dolosa. Tampoco los nacionales ni los extranjeros pueden, de manera abusiva y violenta, ejecutar “planes y programas de prospección, explotación y comercialización de recursos no renovables que se encuentren en sus tierras y que puedan afectarles ambiental o culturalmente”.

En el caso Pueblo Indígena Kichwa de Sarayaku vs. Ecuador, la Corte Interamericana de Derechos Humanos examinó la autorización estatal de actividades petroleras en territorio ancestral indígena sin consulta previa, libre e informada, y con la introducción de explosivos en el territorio, lo que afectó gravemente la vida comunitaria, la seguridad y la relación cultural con la tierra. La Corte destacó que la intervención estatal y empresarial generó una situación de riesgo, alteró el uso tradicional del territorio y afectó la supervivencia cultural de la comunidad. Hoy, Terraturismo, una empresa registrada en Ecuador, dedicada a actividades agrícolas y turísticas, pretende de manera violenta y mediante amenazas reclamar la propiedad de las tierras de la comunidad ancestral kichwa Tzawata.

En este caso surgen varios interrogantes que confrontan el derecho positivo con el derecho consuetudinario; que ponen en tensión la propiedad privada frente a la comunitaria; que enfrentan los derechos humanos con los derechos de la Naturaleza; que oponen la teoría antropocéntrica frente a la ecocéntrica; que, en suma, ponderan la vida frente a la muerte. En conclusión, las intenciones de Terraturismo y de quienes apoyan sus actividades probablemente inducirán la comisión de delitos gravísimos, inclusive de genocidio, porque sus hechos lesionarán de manera grave la integridad física o mental y podrían matar a seres humanos pertenecientes a un grupo ancestral–étnico. Asimismo, podrían configurarse crímenes de lesa humanidad, porque sus actos, si no exterminan directamente a la población, al menos podrían provocar su traslado forzoso, afectando a una comunidad con identidad propia; ello evidencia violaciones a los derechos colectivos y a normas fundamentales del derecho internacional de los derechos humanos y del derecho de los pueblos.

Como diría mi padre, ¡carajo, respeten los derechos de la Naturaleza y de los pueblos indígenas! Respeten la vida humana y no humana; basta de anteponer sus ambiciones económicas a la convivencia pacífica y armónica; basta de colocar sus anhelos monetarios por encima del derecho a vivir en un ambiente sano y ecológicamente equilibrado.

No hay comentarios: