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OPINIÓN: PODER MEDIÁTICO, CORRUPCIÓN Y CIUDADANÍA

 


Dr. Carlos Ernesto Herrera Acosta PhD

Docente Universitario – investigador 


El poder mediático y la corrupción constituyen dos fenómenos profundamente entrelazados que erosionan la calidad democrática, distorsionan la opinión pública y debilitan la confianza en las instituciones. En América Latina, esta relación se manifiesta con especial crudeza, la concentración de la propiedad de los medios, los vínculos entre empresarios de la comunicación y actores políticos, y el uso estratégico de la desinformación configuran un escenario en el que los medios pueden funcionar tanto como vigilantes de la corrupción como instrumentos para encubrirla o explotarla. (FLACSO, Ecuador)


El poder mediático, lejos de ser neutral, opera dentro de estructuras de propiedad concentrada y relaciones de interés con el poder político y económico. Esto genera conflictos de interés que afectan la cobertura de casos de corrupción, algunos medios pueden silenciar escándalos que involucran a sus propietarios o aliados, mientras que otros pueden exagerar o seleccionar casos para desgastar adversarios políticos. (Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala, 2026)


La corrupción no solo se manifiesta en el cohecho o el enriquecimiento ilícito, sino también en la manipulación informativa como forma de corrupción democrática. Cuando el Estado obliga aos medios de comunicación a publicar información incompleta, la ciudadanía queda obligada a aceptar declaraciones oficiales que distorsionan la realidad y provocan confusión. La opacidad no es neutral, reduce la capacidad social de fiscalización y facilita que el grupo gobernante defina unilateralmente el significado de los hechos sin que éstos sean reales.


En este sentido, el periodismo de investigación ha sido crucial para destapar escándalos de corrupción en toda la región. Por otro, existen medios que funcionan como cómplices del poder, reciben publicidad estatal condicionada, son propiedad de políticos o sus familiares, o forman parte de conglomerados con intereses en concesiones públicas. La coexistencia entre periodismo de investigación y medios vinculados al poder genera una contradicción profunda, mientras algunos periodistas cumplen una función de vigilancia democrática, otros pueden convertirse en instrumentos de promoción política, encubrimiento o presión contra adversarios. 


El problema no consiste solamente en que un medio tenga una línea editorial; surge cuando oculta sus intereses, presenta propaganda como información y utiliza su credibilidad para proteger negocios o decisiones de grupos dominantes. En Ecuador, esta preocupación tiene manifestaciones concretas durante 2026, denuncias sobre distribución discrecional de publicidad estatal, adquisición de medios por actores vinculados al oficialismo y represalias contra periodistas que investigaban contratos públicos. Estas denuncias deben distinguirse de una condena automática: recibir publicidad estatal o cambiar de propietario no demuestra por sí solo complicidad, pero sí crea conflictos de interés que deben ser transparentes y auditables.


En este contexto, el poder mediático influye en la ciudadanía porque no solo transmite hechos, también decide qué asuntos se vuelven visibles, desde qué perspectiva se interpretan y qué emociones provocan. En consecuencia, puede orientar la conversación pública, modificar prioridades sociales y afectar decisiones políticas como votar, protestar, apoyar una reforma o rechazar a una autoridad.


La influencia no depende únicamente de lo que se publica, sino también de lo que se silencia. Una investigación sobre contratación pública puede desaparecer de la agenda si no recibe seguimiento, mientras un conflicto personal entre dos políticos puede ocupar titulares durante días, de esta manera, la política se organiza alrededor de la visibilidad mediática y no necesariamente alrededor de la importancia objetiva de los problemas. En Ecuador, esta técnica resulta especialmente relevante en asuntos de seguridad, protesta social, justicia indígena, corrupción y conflictos entre el Gobierno y la oposición, la ciudadanía puede terminar evaluando una política no por sus resultados verificables, sino por el marco interpretativo que se repite con mayor intensidad en los medios de comunicación que pactan con el poder.


La información política difundida durante procesos electorales ecuatorianos ha circulado especialmente por TikTok, Facebook y WhatsApp, mediante titulares falsificados, videos manipulados y publicaciones que imitaban formatos periodísticos. Una investigación sobre las elecciones presidenciales de 2025 concluyó que estos contenidos influyeron en el clima de opinión, reforzaron la polarización y alteraron las condiciones de deliberación democrática en el caso estudiado de Cotopaxi (Guadarrama et al., 2026), otro estudio sobre TikTok reportó que el 46% de las personas encuestadas reconoció haber sido influido por contenidos de esa plataforma en su decisión de voto, mientras solo el 34% indicó que verificaba la información en otras fuentes. En este sentido, el poder mediático influye en la ciudadanía al establecer prioridades, encuadrar los hechos, activar emociones, repetir narrativas y organizar comunidades digitales, su impacto puede alcanzar directamente el voto, la protesta, la aceptación de políticas públicas y la confianza en las instituciones.


En este escenario, el poder mediático y la corrupción no son fenómenos aislados, sino caras de una misma moneda, la concentración del poder en sociedades con instituciones débiles y altos niveles de desigualdad. La solución no pasa por demonizar a los medios en general, sino por fortalecer el periodismo independiente, promover la diversidad de propiedad, garantizar la transparencia en la propiedad de los medios y en el financiamiento político, y desarrollar marcos regulatorios que protejan el pluralismo informativo sin caer en la censura. 


En un contexto donde las redes de influencia transnacional operan con creciente sofisticación, la defensa de la democracia exige ciudadanía crítica, instituciones robustas y medios comprometidos con la verdad y el interés público. Solo así podrá romperse el círculo vicioso entre poder mediático concentrado y corrupción sistémica que amenaza la calidad democrática en América Latina.


En el Ecuador, una ley de comunicación es necesaria porque la libertad de expresión, por sí sola, no garantiza un sistema informativo transparente, plural ni responsable. En una sociedad democrática debe existir un marco jurídico que proteja la independencia periodística, prevenga la concentración mediática, transparente la propiedad y la publicidad estatal, y permita a la ciudadanía responder frente a contenidos falsos o manipuladores sin convertir la regulación en censura.


La finalidad no debe ser controlar lo que los medios pueden pensar o publicar, sino evitar que el poder político, económico o mediático controle unilateralmente la información pública. La Ley de comunicación, debe establecer garantías para la libertad de expresión, el acceso a la información, la seguridad de los periodistas y el pluralismo. La UNESCO (2026), considera estos elementos pilares del funcionamiento democrático y vincula la protección de la prensa con la transparencia y la prevención de la violencia contra periodistas, en consecuencia, una ley de comunicación debe ser interpretada conforme a la Constitución y a los tratados de derechos humanos. Toda restricción debe cumplir, como mínimo, con los principios de legalidad, finalidad legítima, necesidad y proporcionalidad.


La denominada corrupción mediática puede manifestarse cuando un medio utiliza su capacidad de influencia para favorecer intereses privados o políticos ocultos. No se trata solo de recibir publicidad o tener una línea editorial, sino de esconder relaciones que pueden afectar la cobertura informativa. La normativa ecuatoriana ya reconoce un principio de transparencia según el cual los medios deben difundir sus políticas editoriales y su código deontológico el desafío consiste en que esa obligación sea verificable, actualizada y acompañada de controles efectivos.


Una ley de comunicación es necesaria para combatir la corrupción mediática porque el poder de informar también puede utilizarse para ocultar contratos, proteger intereses empresariales, deslegitimar investigaciones y manipular decisiones políticas. Sin reglas de transparencia y pluralismo, la ciudadanía desconoce quién controla el mensaje y qué intereses están detrás de él.


De igual forma, una ley mal diseñada puede ser igualmente peligrosa si se convierte en instrumento de censura gubernamental. Por ello, la solución no es otorgar al Estado el control de la verdad, sino establecer garantías independientes para la libertad de expresión, la transparencia de los medios, la distribución objetiva de la publicidad estatal, la protección del periodismo de investigación y el derecho ciudadano a recibir información plural y verificable, la finalidad superior debe ser formar una ciudadanía capaz de conocer, contrastar, deliberar y proponer, no una ciudadanía obligada a aceptar la versión del Gobierno, de un conglomerado empresarial o de cualquier grupo mediático dominante.

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