Los apagones sin previo aviso en Guayaquil, Daule y Samborondón no solo dejaron a miles de ciudadanos a oscuras, sino que volvieron a encender una pregunta incómoda: ¿el problema es el clima… o la incapacidad de gestión?
Pero aquí está el punto crítico: el calor no es un fenómeno nuevo, ni impredecible.
En una ciudad como Guayaquil, donde las altas temperaturas son parte de la realidad anual, resulta cuestionable que el sistema eléctrico opere constantemente al borde del colapso. Si la demanda energética por uso de aires acondicionados era previsible, ¿por qué no existieron medidas preventivas claras, planificación o alertas oportunas?
Más allá del argumento técnico, la propia ministra terminó reconociendo lo evidente: hubo fallas graves de comunicación. CNEL no informó a tiempo, no alertó a la ciudadanía y dejó a miles de personas enfrentando cortes de hasta cuatro horas en medio del calor extremo.
“No lo hicieron bien”, admitió Manzano.
Una frase que, lejos de calmar la indignación, confirma lo que los ciudadanos ya perciben: improvisación.
Porque el problema no es solo que se vaya la luz. Es que en Ecuador los cortes siguen llegando sin aviso, sin planificación visible y sin una estrategia clara que genere confianza.
Mientras tanto, la ciudadanía paga las consecuencias: hogares sin energía, negocios afectados y una sensación creciente de abandono institucional.
El discurso oficial habla de “evitar tragedias”. Pero la realidad cotidiana muestra otra cosa: un sistema frágil, reactivo y mal comunicado.

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