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OPINIÓN: LOS DERECHOS HUMANOS DE LA VÍCTIMA ESTÁN POR ENCIMA DE LOS DEL VICTIMARIO

Dr. Carlos Ernesto Herrera Acosta PhD

Docente Universitario – investigador 

Los derechos humanos constituyen uno de los pilares fundamentales de neoconstitucionalismo; están garantizados por la Constitución y los instrumentos internacionales. Estos derechos son intrínsecos, lo que implica que ninguna persona natural o jurídica, puede atentar o violar nuestra dignidad en su dimensión objetiva (derecho a la vida, a la integridad, a la libertad, etc.).

Nuestra dignidad no se negocia, no se vende ni se compra; no depende de circunstancias externas, de la posición social, de las condiciones económicas ni de cualquier otro factor que pueda variar. Cualquier acto que pretenda negociar, vender o comprar la dignidad humana vulnera un principio fundamental del derecho y de la ética; la defensa de la dignidad es, por tanto, un deber de toda persona y de toda sociedad.

El derecho a la vida es el derecho fundamental más esencial de toda persona; constituye el presupuesto necesario para la existencia y el ejercicio de todos los demás derechos humanos. Sin la vida no es posible realizar ningún otro derecho ni desarrollar ninguna capacidad humana. Nadie tiene derecho a atentar contra la vida; no existe autoridad, institución, individuo ni circunstancia que pueda legitimar la privación arbitraria de la vida de otra persona.

En este contexto surge la pregunta de investigación: ¿los derechos humanos de la víctima están por encima de los del victimario? Según el principio universal de los derechos humanos, todas las personas poseen la misma dignidad, independientemente de su condición, de los actos cometidos o del rol que desempeñen en un procedimiento jurídico. Desde este planteamiento, y siguiendo un enfoque positivista, los derechos humanos de la víctima no están por encima de los derechos humanos del victimario, porque ambos poseen la misma dignidad humana y, en consecuencia, los mismos derechos fundamentales que deben ser respetados y protegidos.

Tomando como referencia el Código de Hammurabi (1750 a. C.) y su principio fundamental “ojo por ojo, diente por diente” (ley del talión): si el delincuente que roba utiliza un arma blanca y luego un arma de fuego para asesinar a su víctima, su pena sería la muerte. En este sentido, la persona o el gendarme que abate a un delincuente habría actuado en defensa de la vida de la víctima y de la propia; por tanto, no habría sanción, ya que el Código de Hammurabi no castigaba la muerte del bandido cuando este era capturado o muerto en el acto del asalto.

Desde el razonamiento lógico, siempre he pensado que los derechos humanos deben ser universales; empero, no pueden ser indiferenciados. Se debe otorgar protección a quienes respetan la dignidad humana; es decir, quienes garantizan la vida, la integridad personal y la libertad están en condición de exigir el cumplimiento de sus derechos humanos. Quien no respeta esos principios no debería ser merecedor de la misma protección absoluta de estos derechos universales.

Tal como están estipulados los derechos humanos, se observa una percepción de falta de proporcionalidad entre los derechos de la víctima y los del victimario. Comparto el criterio de varios ciudadanos que plantean que “los derechos humanos sirven más para proteger al delincuente que a la víctima”. Analizando la realidad circundante, se aprecia que los derechos del delincuente (presunción de inocencia, debido proceso, prohibición de tortura) son más visibles en los juicios, mientras que los derechos de la víctima (justicia, reparación, verdad) suelen ser menos perceptibles en la práctica.

Este fenómeno jurídico ocurre porque no existe una aplicación eficaz y estricta de la ley; se evidencia abuso de poder por parte del Estado, jueces con poca o nula probidad y ética, elaboración de falsos positivos y manipulación de pruebas, artimañas que provocan en el ciudadano frustración y pesimismo ante la inseguridad y la impunidad. En conclusión, los derechos humanos no crean desproporcionalidad; revelan las fallas de un sistema que está lleno de corrupción.

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