Mientras el paĆs se prepara para un nuevo proceso electoral que definirĆ” prefectos, alcaldes y presidentes de juntas parroquiales, el Consejo Nacional Electoral (CNE) vuelve a estar bajo cuestionamientos. Esta vez, no por los resultados de una elección, sino por la manera en que toma decisiones: lejos de las cĆ”maras, sin presión ciudadana y cada vez mĆ”s refugiado en la virtualidad.
Entre enero y mayo de 2026, el Pleno del CNE realizó 35 sesiones virtuales, acumulando alrededor de 24 horas de reuniones no presenciales. Aunque oficialmente la modalidad digital se presenta como una herramienta “eficiente” y “moderna”, para varios analistas representa algo mĆ”s preocupante: un mecanismo que reduce la fiscalización pĆŗblica y blinda polĆticamente a las autoridades electorales.
La virtualidad llegó al CNE en 2024, pero hoy ya no parece una medida excepcional, sino una estrategia consolidada. Especialmente en fines de semana y feriados, cuando las sesiones permiten aprobar temas sensibles sin presencia de prensa, sin protestas en exteriores y sin el escrutinio inmediato de organizaciones polĆticas.
Y aunque el formato digital evita tumultos fĆsicos, no elimina las fracturas internas. El pasado 2 de mayo, en plena sesión virtual realizada durante el feriado por el DĆa del Trabajador, estalló un nuevo enfrentamiento entre consejeros. Elena NĆ”jera recusó la presencia de Diana Atamaint y JosĆ© Merino tras cuestionamientos relacionados con un peritaje previo. La tensión escaló cuando NĆ”jera acusó a Merino de utilizar vehĆculos institucionales para traslados personales hacia el aeropuerto de Quito. Atamaint ignoró el reclamo y continuó con el orden del dĆa.
El episodio dejó una sensación incómoda: mientras el paĆs observa desde afuera, las disputas, decisiones y posibles irregularidades quedan encapsuladas en pantallas.
Para el sociólogo Marco Paladines, residente en Alemania, la virtualidad se convirtió en un “escudo” para el poder. SegĆŗn sostiene, las autoridades han encontrado en la distancia digital una manera de volverse “intocables”.
“La virtualidad funciona como un acto de magia: quienes ejercen el poder buscan no ser alcanzados y lo consiguen a travĆ©s de las pantallas”, cuestionó.
El analista polĆtico Juan Manuel Fuertes va mĆ”s allĆ” y advierte que este modelo debilita la transparencia democrĆ”tica. Asegura que hoy es imposible observar lo que antes ocurrĆa en los pasillos o en las discusiones presenciales de Ćŗltima hora.
“Ahora alguien puede estar hablando en otras ventanas con los mismos consejeros y nadie lo detecta”, seƱaló.
Fuertes incluso vincula esta dinĆ”mica con un problema mĆ”s profundo: el deterioro institucional y el “fracaso de la meritocracia”. SegĆŗn afirma, existe una “hipertitulación” de autoridades que exhiben currĆculums impecables, pero cuya gestión termina desconectada de la ciudadanĆa y marcada por la mediocridad polĆtica.
En un paĆs donde la confianza en las instituciones electorales ya carga heridas de procesos anteriores, el avance de sesiones virtuales sin mayor control ciudadano abre una pregunta inevitable: ¿la tecnologĆa estĆ” modernizando la democracia o simplemente la estĆ” alejando de la gente?
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