ECUATORIANOS DE HONOR
Durante décadas he observado desde la trinchera académica cómo se desmoronan las instituciones cuando los gobernantes eligen el cinismo por encima del servicio público. Hoy no escribo desde la cabina de un académico neutro, sino desde la responsabilidad que nos exige la patria, estamos frente a un gobierno indolente, que recurre a la brutalidad de la persecución y a la calumnia para silenciar a quienes denuncian; que compra lealtades y guarda silencio ante el saqueo; que ha dejado la justicia a merced del poder y del dinero mal habido.
Cuando la mayoría de los jueces vigilan su cargo, su poder y sus bolsillos en vez de la Constitución, la seguridad jurídica se quiebra. En un Estado donde el derecho a la salud es letra muerta, donde la educación pública no forma sino reproduce desigualdad, donde no existen oportunidades reales para nuestros jóvenes, la tentación del delito crece y la paz social se desvanece. Peor aún, si el Estado mantiene o permite alianzas tácitas con el narcotráfico, la inseguridad deja de ser una amenaza para convertirse en una quimera cotidiana que asfixia ciudades y campos.
¿Hasta cuándo vamos a permitir que los delincuentes de cuello y corbata, los políticos corruptos y los ladrones nos gobiernen y destruyan la casa común que heredaron nuestros ancestros? ¿Hasta cuándo aceptaremos que la impunidad sea la moneda corriente y que el poder se use para proteger privilegios, no para garantizar derechos?
Es hora de decir basta. No pedimos permiso para reclamar lo que nos pertenece por derecho, un Estado al servicio del pueblo, no de las mafias ni de los intereses particulares. No negamos la valentía de quienes ya han levantado la voz en plazas, barrios y universidades; les decimos que su lucha es justa y que deben encontrar el eco de millones.
No es una llamada al odio ni a la venganza, es una llamada al amor por la patria. Salgamos a rescatar al Ecuador con la fuerza de la verdad, la disciplina de la protesta civil y la convicción de que otro país es posible. Si nos quedamos en casa, permitimos que nos arrebaten el futuro. Si nos organizamos y actuamos unidos, somos imparables. Por la justicia, por la dignidad, por la vida. Porque el poder auténtico es el que emana del pueblo y para el pueblo. No más silencio. No más miedo. Ahora es el momento.
Dr. Carlos Herrera
Académico y Docente universitario investigador

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